martes, 18 de mayo de 2010

Día tras día

Una mañana oscura, fría y densa estaban los pájaros cantando y los grillos haciendo sus sonidos extraños. Los insectos invocaban la lluvia pero el del clima ya estaba arrebatando el crédito que merecen. La voz de los niños gritando alaridos por toda la calle resuena en mis oídos y casi no me deja escuchar el sonido de la leve brisa que golpea contra mi ventana. El aroma a flores penetra lentamente en mi nariz pero la siento en mis venas, en mis pulmones, en mi corazón. Es extraño como todos los días el cielo es diferente, el olor de la vida es diferente; es asombroso como Dios puede hacer una nueva pintura cada día, solo para nosotros...

Al llegar las 11 del mediodía puedo sentir los perros ladrando por doquier. Los motores de las motocicletas retumban en mis débiles tímpanos. El humo de los carros bloquea mis ojos y de vez en cuando se tornan borrosos. El olor agradable de las 6 de la mañana se aleja sutilmente y el nuevo no es de mi absoluto deleite; un olor superficial, un olor humano, un olor falso.

Pasan las horas y veo el cielo despejado, miro el reloj y son las 6:30 de la tarde. Perfecta hora para admirar la belleza del cielo y sus colores. Debía salir corriendo deprisa para llegar al lugar mas indicado donde podría detallar a fondo todas las diferentes facetas, tonos y formas del cielo y las nubes. Al llegar eran las 6:45 y el sol anaranjado ya estaba escondiéndose detrás de la montaña verde que yacía a lo lejos pero ¡cuan grata sorpresa! al otro lado estaba saliendo la luna azul a la que los lobos le aúllan. La brisa me penetraba por los poros y los mosquitos me empezaron a fastidiar, se hicieron las 8 y los ojos me pesaban, estaba agotada. Me fui hasta mi casa y me acosté a dormir, mi sueño fue delicioso y no podía esperar para la mañana siguiente vivir y disfrutar de un nuevo día.

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